Publicaciones
> Los factores del nuevo desarrollo: Sociedad, Gobierno y Educación
Norberto Bruno

1. El nuevo desarrollo
Vivimos una época, un comienzo de siglo, marcado por injustos contrastes. Así vemos que,
mientras la producción mundial de alimentos básicos equivale a más de 110 % de las necesidades de la población del planeta, 30 millones de personas siguen muriendo de hambre anualmente y más de 800 millones padecen desnutrición. La pobreza extrema es la realidad habitual en buena parte del mundo: 600 millones de personas no tienen casa, 1300 millones carecen de agua potable, 3000 millones no tienen instalaciones sanitarias básicas y 2000 millones están privados de servicios eléctricos.

La situación en Argentina no es diferente. Aunque aquí se producen anualmente alimentos para 300 millones de personas (más de 8 veces su población), millones de argentinos están alimentados en forma insuficiente y, en los casos extremos, sufren de desnutrición. Tampoco están en condiciones de solventar gastos de salud indispensables y en servicios básicos. La pobreza y la indigencia han alcanzado proporciones lacerantes: el 54.7 % y el 26.3 % de la población, respectivamente. Hay 1.272.000 jóvenes de entre 15 y 24 años que no trabajan ni estudian como consecuencia de la pobreza y de la crítica situación laboral. Una realidad impensable cuarenta años atrás para el hombre medio argentino inmerso en un imaginario colectivo en el que el progreso social era un sendero transitable, y los padres podían acariciar el sueño de ver a sus hijos viviendo mejor que ellos.

Es evidente entonces que el abordaje concreto del desarrollo realizado aquí y en otras partes, desde mediados del siglo pasado, sobre la base de modelos estándares diseñados bajo el influjo del paradigma neoclásico del crecimiento, no ha logrado hacer que materialice la promesa de la prosperidad extendida.

Ante estos decepcionantes resultados, aparecen visiones críticas al pensamiento económico convencional, planteando la necesidad de ampliar los objetivos que debería perseguir el desarrollo. En este orden de ideas se encuentra el Consenso de los Presidentes de América en Santiago (1998), cuyo plan de acción comprende la promoción de la educación, la preservación y profundización de la democracia, la justicia y los derechos humanos, la lucha contra la pobreza y la discriminación, el fortalecimiento de los mercados financieros y la cooperación regional en asuntos ambientales.

Dos años después, la mayoría de estas cuestiones son valorizadas por la Declaración del Milenio, producida por Naciones Unidas. De esta Declaración derivan los Objetivos de Desarrollo del Milenio, los cuales representan un compromiso de los países a luchar más firmemente contra la insuficiencia de ingresos, el hambre generalizado, la desigualdad de género, el deterioro del medio ambiente y la falta de educación, atención médica y agua potable. En la visión de la ONU seis grupos de políticas pueden ayudar a los países a encaminarse por el sendero del desarrollo, a saber:

· Invertir lo antes posible y de manera ambiciosa en educación básica y en salud.

· Aumentar la productividad de los pequeños agricultores en entornos desfavorables, o sea, de la mayoría de las personas que pasan hambre en el mundo.

· Mejorar la infraestructura básica -como puertos, carreteras, energía y comunicaciones.

· Implementar una política de desarrollo industrial que fomente las actividades emprendedoras y ayude a la diversificación de la economía.

· Fomentar la gobernabilidad democrática y los derechos humanos.

· Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente y una gestión urbanística sensata.

Ahora se advierte que el desarrollo no es sólo función de una abundante inversión en capital físico alentada por la baja de la tasa de interés, ni lo promueve única y automáticamente el simple juego de las fuerzas del mercado en un contexto de libre inserción de la economía nacional en la economía mundial.

El nuevo enfoque del problema se articula alrededor de la comprensión de que el desarrollo es una construcción social compleja entre cuyos cimientos no pueden faltar la generación y consolidación de buenas instituciones, la incorporación de nuevas tecnologías y la formación de capital humano. Para alcanzar los objetivos de desarrollo las medidas en la esfera económica necesitan ser complementadas con acciones en el orden institucional. Existe evidencia empírica que abona una correlación positiva entre calidad institucional y la cantidad, tipo y forma del conocimiento y las habilidades socialmente disponibles.

Tampoco el desarrollo puede tener por único objetivo el crecimiento económico. Si bien éste es un resultado importante, a menudo crucial, su valor debe estar relacionado con la posibilidad que ofrece a las personas de disfrutar de derechos humanos y libertades civiles, buena salud, un medio ambiente limpio y seguridad individual. Y es necesario que ese goce esté accesible prontamente, sin que medie la larga, y tantas veces infructuosa, espera del "derrame".

2. El capital humano y sus capacidades
El proyecto de desarrollo que pone en el centro a la persona está estrechamente ligado al proceso de formación de capital humano. No es tarea sencilla demarcar nítidamente el territorio conceptual del capital humano y que haya acuerdo amplio sobre ello. Es esta dificultad la que da origen a una variedad de opiniones en torno de la mejor manera de medir sus efectos directos e indirectos y de cómo incorporarlos a los modelos económicos. Tenemos tendencia a apreciar, a considerar mejor un factor, un producto, una actividad, si es que podemos valorarlo económicamente, esto es asociarle costos y beneficios monetarios. En general, no habría inconveniente en reconocer al capital humano de cada persona como la reunión de sus destrezas, habilidades, actitudes, conocimientos y competencias laborales. Ellos constituyen el contenido de su dotación de capacidades que, de ser histórica y contextualmente adecuada, repercutirá a su favor y del progreso colectivo. Es un conjunto de competencias susceptible de crear valor o riqueza. La idea de capital humano no implica una despersonalización de las relaciones de trabajo; ni que los empleados pasen a ser una propiedad o un patrimonio de los capitalistas. Más bien alude a la inversión en educación, entrenamiento y capacitación de la mano de obra o fuerza de trabajo para acrecentar sus competencias como medio alternativo o complementario de incremento de la productividad. Robert Lucas, entre otros, ha demostrado la influencia del capital humano sobre el crecimiento de la productividad. Desarrollo significa y requiere creación de capacidades humanas. Capacidades tales que les permitan a las personas no sólo tener los medios de cubrir sus necesidades básicas de supervivencia sino también la oportunidad, a través del vivir, trabajar y educarse, de producir actos creativos. Es esta propiedad productiva la que hace de ellas un bien público a promover y proteger.

Como los mercados por sí solos no pueden proveer la cantidad y calidad de capacidad socialmente necesaria, le toca al Gobierno formular e implementar las políticas para que la creatividad, la curiosidad, la inventiva, la iniciativa, el espíritu de empresa, la sensibilidad afloren en la sociedad y se ejerciten por parte de amplios sectores de ella. Todas estas capacidades suelen estar adscriptas a la personalidad del sujeto emprendedor. En el mundo de los negocios, la capacidad de emprender tiene que ver esencialmente con la habilidad para detectar con antelación por dónde va a ir el futuro inmediato y cuál será el cambio técnico que promoverá el crecimiento de la productividad.

Son varias las formas en que el Estado, sus organismos y autoridades, pueden contribuir a mejorar la emprendedoriedad de las personas sin incurrir en erogaciones fiscales significativas, por ejemplo: procurando que los mercados y el gobierno funcionen con mayor transparencia y que tenga mejor diseminación la información relevante para decisiones comerciales y de inversión (reducir los costos de transacción de la economía); promoviendo unas relaciones laborales en que los trabajadores puedan participar en el proceso de innovación tecnológica; estableciendo compensaciones monetarias y/o reconocimientos sociales como premios a la creatividad y calidad de los emprendimientos; instituyendo programas y redes de asistencia técnica, regímenes de preferencia en compras públicas, ventajas impositivas y/o líneas de crédito a favor de proyectos que generen empleo, que capaciten a su personal, que abran mercados externos; simplificando los controles administrativos y requisitos burocráticos de modo que la constitución formal de un negocio pequeño demande un único trámite. La Argentina está quinta entre 38 países en cuanto a su tasa de actividad emprendedora (alcanzando un 14 % de la población activa), pero figura última cuando se consideran las condiciones de contexto.

Obviamente, la capacidad de emprender no es una condición suficiente para el desarrollo económico y social, ya que hay muchos más factores a tener en cuenta. Pero, como señala Gary Libecap, una economía vibrante requiere de la emprendedoriedad, porque los emprendedores son individuos que se ocupan de llevar a cabo actividades arriesgadas que generan ganancias sociales y esto los diferencia de los rentistas o especuladores que no contribuyen al crecimiento económico sino todo lo contrario.

Puede decirse que en una sociedad existe capacidad de emprender cuando allí se verifica una economía dinámica de la cual participan amplios sectores de la sociedad. En ese ambiente, se crean muchas empresas y negocios, aparecen nuevos productos y se divulgan nuevas ideas. La emprendedoriedad cardinal para el desarrollo no significa solamente obras mayores del género humano: grandes proyectos industriales, resonantes descubrimientos científicos o geniales inventos. También la acumulación de pequeños mejoramientos en la tecnología o en la organización del lugar de trabajo puede culminar -y de hecho así ha sucedido- en incrementos enormes de la producción y de la productividad. Tampoco cabe entender la emprendedoriedad como una posibilidad limitada al campo de los negocios o de la innovación tecnológica para fines comerciales. Más aún, para que una sociedad gane cohesión, equidad y eficiencia es conveniente que esa fuerza creadora y vital, propia de la emprendedoriedad, empuje las actitudes, decisiones y acciones, además, en el ámbito social y en el espacio de lo político. En el curso del tiempo, a través de las acciones individuales y colectivas de búsqueda y realización de las oportunidades, las sociedades van innovando y a la vez mejorando, con ayuda del marco institucional, sus niveles de inclusión y movilidad social y de participación ciudadana.

Si bien la emprendedoriedad puede tener una base emocional interiorizada en cada persona, desde su exterior es posible enriquecer y moldear este estado esencial para que evolucione hacia modelos mentales, valorativos y actitudes convenientes al desarrollo. El cultivo y la emergencia de la emprededoriedad positiva deben ser promovidos como una función social y un auténtico bien público del que depende no sólo el progreso material sino la solidaridad social que, en nuestro tiempo, pasa por vencer al flagelo de la exclusión. Se trata de promover personas emprendedoras honestas, responsables, solidarias con el otro y respetuosas del medio ambiente. Emprendedores que entiendan que la primera clave del éxito es que de su acción reciban beneficios otras personas. Así es como la emprendedoriedad o capacidad de emprender muestra su dimensión de bien público de primera magnitud. Por ello es que, en muchos países del mundo, y especialmente en los más avanzados, existen políticas públicas enderezadas a fomentar la capacidad de emprender en todos los niveles y ámbitos de la sociedad.

3. El papel de la educación
Las personas desarrollan capacidad de emprender por la apropiación cruzada de conocimientos, habilidades y actitudes emocionales y sociales, en su vida familiar y laboral y en su paso por el sistema de educación.

La educación es claramente un factor determinante de conocimientos, habilidades y cualidades actitudinales. Si se quiere que la educación juegue un papel positivo en este proceso, luego la enseñanza tradicional, basada en la transmisión de conocimientos y en las demostraciones, en la ejercitación de la memoria y en el acrecentamiento de la inteligencia lógico-analítica, tendría que hacerle un respetable lugar a actividades de aprendizaje con las que los alumnos puedan desarrollar habilidades de resolución de problemas con una mirada multidimensional y de descubrimiento y construcción de hipótesis; es decir a través de las cuales aprendan a ser más creativos, críticos, independientes y curiosos. Que los invite a hacerse nuevas preguntas y a dialogar sobre sus sueños y proyectos, los que, en la medida que se compartan con otras personas, pueden constituirse en realidades posibles.


Este reenfoque no es cuestión de insertar en el ciclo de enseñanza media o en el plan de estudio de una carrera universitaria una asignatura con pretensión de contener los saberes esenciales de la emprendedoriedad, ya que en tal caso se correría el riesgo de que se convierta en una práctica educativa tradicional. Consistiría, más bien, en integrar al núcleo didáctico del currículo una visión y acción pedagógicas que propicie el aprendizaje de qué es necesario para construir organizaciones que agreguen valor; que fomente la vocación de realizar ofertas con valor especial, de elaborar iniciativas que enriquezcan las tareas, los productos, las conductas. Que introduzca en los alumnos la sensibilidad para captar la complejidad del mundo vital; que los predisponga a tomar riesgos fuera del molde clásico del empleo y, al propio tiempo, les entregue la capacidad para transformar esos retos en realizaciones. El desarrollo de habilidades relacionadas con el liderazgo, la formación de equipos sólidos, la creación de identidades grupales y organizaciones, la búsqueda de acuerdos, la comunicación oral y escrita, la argumentación debe recibir una atención considerable en los procesos de enseñanza-aprendizaje. En particular, el liderazgo es una habilidad capital para la efectividad de la actividad emprendedora porque se trata de proporcionar la dirección hacia el logro de la meta, de cambiar las actitudes y comportamientos para cerrar la brecha entre los valores reales y los postulados y de obtener de quienes serán el grupo de colaboradores y seguidores su mejor esfuerzo. "Esencialmente la tarea del líder consiste en la elevación de las conciencias, en inducir a la gente a tomar conciencia de lo que siente y a sentir sus verdaderas necesidades tan fuertemente, a definir sus valores tan sentidamente que pueda ser movilizada para la acción transformadora" (M. J. Burns)

Es necesario entender a la Escuela, a la Universidad, como una unidad de generación de valores, como un paso en el desarrollo del ser humano, como una entidad formadora y no sólo informadora. De ahí la importancia insoslayable de mejorar "no sólo los contenidos de la enseñanza y la formación docente, sino también la transmisión de valores como la responsabilidad". (J. C. Tedesco)

Una sociedad -aunque haya procreado para sí mucha acción emprendedora- no podrá alcanzar y sostener un desarrollo integral sin cambio en los modos generales de pensar, valorar y actuar. El objetivo del desarrollo en los términos de la Declaración del Milenio de Naciones Unidas será un proyecto más factible en la medida que aparezca una coalición suficiente de actores nacionales capaces de liderar el realineamiento de los valores, la reorganización de las instituciones y el gobierno del cambio.

El alineamiento valorativo de esa clase de desarrollo lo marcarán la ética de la solidaridad y la ética de la responsabilidad. La ética de la solidaridad habla de la voluntad de proteger a los sujetos débiles, de disputar por derechos no sólo para uno mismo sino también para aquéllos que no los tienen reconocidos, de construir un mundo habitable no sólo para los fuertes y autónomos sino para los más vulnerables e indefensos, y particularmente para aquéllos que hoy no tienen voz: las generaciones futuras (E. Morin). La ética de la responsabilidad es una ética orientada al futuro. No quiere decir una ética para que la practiquen los hombres futuros. Es una ética que debe regir precisamente para los hombres de hoy. Es una ética actual que cuida del futuro, que pretende proteger a nuestros descendientes de las consecuencias de nuestras acciones presentes (H. Jonas).

Voces muy autorizadas están pidiendo que se vuelva a incluir con consistencia a la ética en el escenario económico y en los debates sobre el desarrollo. El papa Juan Pablo II pide "una ética para la globalización. El Premio Nobel de Economía, Amartya Sen, resalta que la distancia entre ética y economía ha empobrecido la economía. Es posible, y necesario, la fundación de una perspectiva del desarrollo sobre la base de esas éticas. La incorporación de estos valores significará superar el exclusivo concepto de racionalidad clásico, que caricaturiza la realmente complejísima esencia humana.

El desarrollo humano será más prontamente una realidad en la medida que cada vez haya más hombres solidarios y responsables porque la exclusión no se resolverá sin acciones masivas de solidaridad. La batalla por la inclusión va a exigir una movilización social por la gestación de valores compartidos, por la aceptación generalizada de visiones y convicciones básicas con significado positivo para el desarrollo humano, por la construcción de una sociedad de la "concordancia en los sentimientos"; en otras palabras por la formación de una extendida y firme base de capital social. Para ello, hay que educar, a todo nivel, en valores. Esto debe ser encarado como una campaña nacional con la intervención activa y comprometida de los medios de comunicación. La ética de la solidaridad y en ética de la responsabilidad deben ser infundidas a través del régimen de estudio de todos los niveles de instrucción. En las empresas y en las organizaciones públicas se deben establecer programas sistemáticos de capacitación en valores. Hay que fomentar una ciudadanía instruida, crítica y participativa, activa en exigir que las decisiones estratégicas de política y las acciones cotidianas de gobierno se inspiren en ciertos valores fundamentales como la responsabilidad de unos por otros, la solidaridad, la protección integral de la infancia. Que busque no sólo líderes eficaces sino también liderazgos democráticos, con contenido moral, que puedan ser ejemplos de obediencia a la ley y modelos inspiradores para las nuevas generaciones.

4. Conclusiones
El desarrollo no se importa, no es espontáneo, no es un don de la naturaleza, ni surge de una política aislada. Es, ante todo, un proceso interno de transformación cultural, de formación de capital humano y de integración de la sociedad y del sistema productivo. Las capacidades humanas de una sociedad, individuales y colectivas, como la creatividad, la investigación, la cooperación, el esfuerzo sistemático son un punto de apoyo infaltable para impulsar y sostener en el tiempo un proceso de desarrollo integral.

Argentina, Latinoamérica, el mundo están poniendo en tela de juicio los cánones del pensamiento económico convencional y los modelos de vida y cultura que de ellos derivan. Un malestar, una desilusión, impregnan el estado de ánimo de la sociedad humana. Hay promesas incumplidas: los beneficios del crecimiento económico y de la expansión del comercio libre no han llegado ni a todas las capas sociales ni a todos los rincones del planeta; más bien se han concentrado. Un informe de Naciones Unidas ha revelado que el valor de los activos de las 358 personas más ricas del mundo supera la suma de los ingresos anuales de aproximadamente la mitad de la población del planeta (PNUD, Desarrollo Humano, 1996). Hay insatisfacción con las condiciones de vida actuales y con las que depara el futuro. Hay intranquilidad, incertidumbre, con respecto a la preservación de la "morada común de la humanidad". Está despuntando una demanda clamorosa de justicia social.

Una sociedad grande en inclusión y justicia es posible. Pero tenemos que hacerla nosotros. Pensando críticamente, participando y comportándonos con compromiso social, con solidaridad y responsabilidad. El gobierno tiene un conjunto de roles que son fundamentales para el desarrollo: promover la vigencia de instituciones respetables y creíbles; invertir fuertemente en educación básica, construir capacidad científico-tecnológica, favorecer el surgimiento de emprendedores y estimular una demanda avanzada mediante acciones redistributivas. Para animar estos procesos se requieren liderazgos democráticos, eficaces y responsables. La capacidad de emprender es necesaria en cualquier sociedad. Al tratarse de un bien público, sería conveniente una política activa que la promueva. Todas las medidas que mejoren el entorno institucional, la calidad de las instituciones, redundarán en un aumento de la capacidad de emprender. El ejercicio real, reflexivo y crítico (no delegativo) de la democracia representativa, la vigencia amplia de la seguridad jurídica (para los derechos de los propietarios y de los asalariados), la confianza en el sistema judicial para la aplicación de la ley y resolución justa de los conflictos, la práctica de la división de poderes son condiciones institucionales necesarias de una "gobernanza para el desarrollo". Mucho más efectivas y legítimas que las que puede proporcionar una "gobernabilidad" entendida como la acumulación de una masa de adeptos que acompaña acríticamente las posiciones del jefe político. No es esto lo que se necesita sino una forma de gobierno que cree un espacio virtuoso entre democracia, responsabilidad y eficacia política. Así estarán resueltas las claves institucionales para un desarrollo que remueve las rémoras estructurales, que disuelve las lacras sociales, que completa la persona y difunde los frutos del aumento del producto real a todo el conjunto de la sociedad.



Para más información
4371-1651 | 4372-0944 | 5510-5094
de lunes a viernes, en el horario de 11:00 a 18:00 hs

lapiedad@speedy.com.ar

Centro de Estudios LA PIEDAD - B.Mitre 1419 1 "B" Cap. Fed. - Tel.: 4373-2916/2993